Depresión y suicidio entre jóvenes

Depresión y suicidio entre jóvenes

noviembre 16 | Isa Colli

Todo profesional que trabaja con jóvenes estudiantes de la Enseñanza Media ya se ha visto enfrentado a cuestiones difíciles, como casos de depresión, embarazo, uso de drogas, violencia, serios conflictos familiares y otros tipos de crisis comunes a los jóvenes en formación.

Si usted se relaciona con jóvenes de ese grupo de edad sabe también que a menudo y con frecuencia el peor problema que ellos enfrentan es saber cómo deshacerse de las espinillas o arreglar el hilo de pelo que está en desaliento.

Desde el punto de vista del aspecto psicológico, la adolescencia es una fase que requiere mucho cuidado. Es parte de esa fase comparar su mundo con el mundo de los demás, vivir momentos de interiorización, abarcar esferas intelectuales, filosóficas y estéticas, llenando la vida con esas teorías.

Algo que, para un adulto, es una cosa simple, para el joven es el peor escenario que existe, lo que puede llevarlo a desarrollar depresión, automotriz y hasta cometer suicidio. Son muchos cambios para encarar la inseguridad natural y peculiar del nacimiento de la independencia, como la adaptación progresiva a los núcleos sociales de la familia, de la escuela y de la comunidad en general.

El adolescente, al intentar afirmar su independencia, por tener su perfil aún inmaduro, se expresa con brusquidón y agresividad. Y, frente a las dificultades más banales, tiende al sufrimiento psíquico: tristeza, dificultad de concentración, insomnio, revuelta y desánimo permanente. Estos trastornos, cuando no tratados, pueden evolucionar hacia problemas más serios, como depresión.

En tiempos modernos, debido a la inconstancia y rapidez con que los procesos y las relaciones humanas se dan, los jóvenes son el grupo de edad que más sufren con las amarras de la tecnología. Al buscar alcanzar sus objetivos de manera cada vez más instantánea, perciben que están sujetos a la manipulación y que sus posibilidades de elección son más aparentes que reales, que las relaciones sanas no se construyen de inmediato. Ante ese impasse, muchos jóvenes están desarrollando cuadros de depresión por la frustración y ansiedad de no conquistar prontamente lo que desean.

Otro factor importante que contribuye al aumento de la depresión entre los jóvenes es la presión social ejercida sobre ellos, lo que agrava aún más la fragilidad emocional.

Por último, la falta de conocimiento en relación a esta enfermedad (depresión) es igualmente factor que colabora con su aumento entre los jóvenes. Esto porque la falta del entendimiento de los mecanismos biológicos y sociales que desencadenan la depresión y sus síntomas hace que el estigma del depresivo sea el de una persona débil, dramática e infeliz. Y que él eligió quedarse así y, por tanto, salir de ese cuadro, sólo depende de él. Con eso, la depresión acaba siendo descuidada tanto por la sociedad y por los jóvenes que la tienen.

Es importante que se preste atención al aumento de la depresión entre los jóvenes, para que puedan recibir la asistencia médica necesaria y no sean tan cobrados socialmente.

Si alguien de su convivencia se aísla, vive solitario, no le gusta conversar, es ansioso, vive angustiado, busca ayudar. La depresión es un asunto serio, y las escuelas deben ser socias en ese combate.

¿De qué forma la escuela puede ayudar

El primer paso es saber identificar a los alumnos en situación de riesgo. Después, movilizar a la familia y ayudar en la búsqueda de un tratamiento psicológico. El diagnóstico y el tratamiento de la depresión son esenciales. Es una enfermedad real, incapacitante, considerada por la Organización Mundial de la Salud, la 3.ª causa de muerte en la adolescencia. Exige un tratamiento que debe ser comprensivo, incluyendo terapia individual, familiar y farmacológica. Y, por último, involucrar a otros alumnos en una acción de apoyo.

La escuela también puede crear espacio para que los jóvenes hablen de sus sentimientos. Recordando que para los jóvenes que son gays, lesbianas o bisexuales, el riesgo de verse depresivos es aún mayor, porque además de los conflictos naturales de la edad pueden enfrentar prejuicio y bullying.

Cuando al menos cinco o más de los síntomas siguientes persisten por dos semanas, en especial los dos primeros (irritabilidad y pérdida de interés), es necesario buscar ayuda. Los síntomas son:

  • Irritabilidad e inestabilidad (más frecuentes en los adolescentes que el síntoma siguiente);
  • Pérdida de interés en las actividades preferidas o incapacidad para disfrutar de las actividades extracurriculares preferidas;
  • Tristeza persistente, llanto fácil e intenso;
  • Aburrimiento persistente y falta de energía (tarda mucho tiempo en hacer cualquier tarea y se cansa fácilmente);
  • Aislamiento social (prefiere, casi siempre, estar solo);
  • Baja autoestima y sentimientos de culpa;
  • Sensibilidad extrema en cuanto al fracaso o fracaso;
  • Aumento de la dificultad de relacionarse o de la hostilidad;
  • Quejas frecuentes de enfermedades físicas, como dolores de cabeza o de estómago;
  • Concentración pobre, lo que se refleja en la escuela, con el descenso súbito de las notas;
  • Absentismo escolar y falta de motivación;
  • Agitación (caminar de un lado a otro) o lentitud motora (llevar mucho tiempo a vestir, hablar);
  • Cambios en los patrones de sueño, como, por ejemplo, quedarse toda la noche a ver la televisión (insomnio), tener dificultad para levantarse por la mañana, o quedarse dormido todo el día (hipersonía);
  • Aumento o disminución significativa del peso;
  • Hablar de huir de casa;
  • Ideas e intentos de suicidio;
  • Problemas graves de comportamiento.

Los adolescentes que se portan mal en casa o en la escuela pueden estar deprimidos, a pesar de no presentar tristeza, pero cuando se les pregunta, hablan que están tristes, que están sufriendo. En este caso necesitan tratamiento y no de castigos.

En cuanto a los factores de riesgo, podemos señalar los siguientes:

  • Progenitor deprimido (parece ser el factor de riesgo que provoca mayor vulnerabilidad);
  • Los padres que están inmersos en sus conflictos maritales y / o tienen problemas económicos;
  • Percepción de falta de apoyo por parte de los padres;
  • Pocas amistades o malas relaciones con sus pares;
  • Ausencia de relaciones estrechas con amigos, poco relación con los pares o rechazo por parte de ellos;
  • Experimentación de cambios difíciles o desafíos complejos;
  • Divorcio de los padres;
  • Abuso físico y sexual;
  • Pérdida de un ser querido;
  • Baja autoestima e imagen corporal negativa, entre otros.

Las relaciones padres-hijos son esenciales en la prevención de la ansiedad y la depresión si:

  • Hablar y pasar tiempo juntos, diariamente;
  • • Procurar saber lo que preocupa a su hijo (a);
  • Los animan a expresar sentimientos, estar con los amigos, practicar deporte, leer, tener pasatiempos en grupos;
  • Reconocer y elogiar los comportamientos positivos;
  • Monitorear lo que él o ella ve en la TV, la música que escucha, los sitios que visita en Internet, ya que la exposición continua a contenidos violentos y negativos puede agravar los síntomas depresivos;
  • Promover un sueño reparador (acostarse temprano, con tranquilidad);
  • Busquen ayuda especializada.

Si los adolescentes reciben la atención de salud mental que necesitan mucho sufrimiento a lo largo de sus vidas será evitado.

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